VIAJE A MANI, donde fray Diego de Landa quemó los códices mayas y después escribió el libro imprescindible sobre su cultura.
No conozco mejor manera de viajar, en tiempos de turismo de masas, que hacerlo con un libro en la mano, cuanto más antiguo mejor. Frente al agobio de tanta humanidad viajera, contemplar las pirámides mayas con los ojos de quienes las visitaron en solitario cuando no existían los aviones ni las carreteras, ni los selfies y ni siquiera la fotografía. Era mi segundo viaje al Yucatán, treinta años después,  y esta vez obviamos la masificada Riviera Maya para centrarnos solo en Mérida y el Estado del que es capital. Sin playas caribeñas, el turismo siempre sería menor, centrado sobre todo en cenotes y ruinas y para visitarlas me llevé mi ejemplar de Incidentes de un viaje por Centroamérica y el Yucatán de  Stephens y Catherwood, pioneros en viajar en el XIX, que ya había utilizado al escribir Volcanes Dormidos. A Chichen Itzá, recién descubierto por entonces, Stephens le dedica muchas páginas y Catherwood, detallados dibujos con los que hubiera sido un placer jugar a identificar estelas y pirámides, de no ser por los miles de visitantes y la muchedumbre de lugareños intentando colocarte sus souvenirs dentro del recinto. En Uxmal, al menos, no se les permite,  y puedes leer y disfrutarlas con mucha mayor tranquilidad y todavía más en Ek Balam, «la ciudad del jaguar», que visitamos prácticamente solos y sin lecturas de referencia porque en tiempos de los dos norteamericanos todavía no se había descubierto y ni siquiera en mi primera vez. Viajar conmigo  tampoco es que sea fácil. Con esto de los libros y mi pasión por la arqueología, puedo pasarme horas en cualquier yacimiento, sin  importar el sol ni la gente, dispuesto a no dejarme nada por ver. Eva ya venía temiéndolo y en compensación habíamos acordado un viaje por el interior, forzosamente mucho menos turístico, pero con el aliciente de poder contemplar  como viven los descendientes de los mayas hoy. La ruta de los conventos franciscanos nos ofrecía una buena oportunidad y enseguida me vino a la cabeza cuál era el libro idóneo para acompañarnos  en ella. Con aspecto tanto de fortaleza como de iglesia, los conventos fueron construidos en tiempos casi inmediatos a la conquista y por carreteras más que secundarias fuimos recorriendo pueblos que parecían perdidos  en el tiempo, cada uno con su iglesia fortificada: Tecoh, Chumayel, Tekit, especializado en guayaberas y Tikul, en zapatos, donde tuvimos que dormir a falta de alojamiento en el lugar que, obsesivo que es uno,  yo ya tenia escogido como colofón de nuestra ruta: Mani, un pueblo sin pirámide ni ruinas mayas, pero donde se escribió el libro más famoso para entender su cultura, a cargo de un franciscano tan empeñado en destruirla como para quemar en un Auto de Fe todos los códices e inscripciones que pudo requisar:   La quema tuvo lugar en 1562, acompañada de una brutal matanza de los indios que se resistieron, pero en su Relación de las Cosas de Yucatán, escrita a posteriori, cuando ya había sido nombrado obispo, Fray Diego de Landa la omite por completo, como  probablemente murió convencido de haber obrado bien, contribuyendo a borrar de la memoria de los indios sus cultos diabólicos, igual que las iglesias las levantaban  empleando las piedras de los templos paganos como material de construcción.     «Por eso lograron tantas conversiones. Los indios iban a las iglesias porque las piedras eran las mismas y creían que sus dioses se habían mudado allí» – nos explicó el enfermero de Mani que nos hizo de guía a cambio de propina, sin otros turistas que nosotros-  «Los curas lo sabían y por eso les hacían las misas en un altar al aire libre, reservando la iglesia para los españoles, porque los mayas no entraban en los templos, reservados para sus sacerdotes» – nos aclaró la utilidad del pórtico exterior lateral, inusual en España. El enfermero tenía orígenes mayas y se le veía orgulloso de su cultura, pero cuando le saqué el tema de la quema, católico al fin y a sueldo de la Iglesia, se lanzó a defenderlo con el insólito argumento de que fray Diego de Landa estaba entonces en España y el quemador de códices había sido un doble  que usurpó su personalidad. «De haber sido él, no lo habrían hecho obispo después, ¿no?»     Fray Diego de Landa no es muy apreciado en México, como no debió serlo entre los mayas ni luego entre los investigadores de su  lengua y cultura, a quienes, al destruir sus fuentes, tan  complicado se lo dejó. Pero para la iglesia sigue siendo uno de los suyos y una cosa es cuestionar las barbaridades de la conquista y otra las de la evangelización. Fuera de la ruta de los conventos, ya con Maya y Jerome incorporados en Mérida, tan espléndida y llena de encanto colonial que merecería una entrada aparte, visitamos  la cercana Izamal, sede franciscana y del obispado, a cuyo mucho mayor  convento se mudaron desde Mani. Allí nos enteramos de que Juan Pablo II la había elegido como el lugar desde el que pedir perdón a los pueblos indígenas de América Latina por los abusos de la Iglesia, si es que alguno hubo. Un acto solemne del que fueron testigos todos los obispos del Yucatán desde sus retratos colgados en la sala capitular, entre los que reconocimos al segundo, Fray Diego de Landa, o igual era su doble, quién sabe.   Lo cierto es que su libro, bien documentado y ameno, ofrece una información de primera mano que los textos quemados no pueden rebatir ni corroborar. En su crónica, se explaya describiendo las curiosidades, costumbres y supersticiones de los  mayas, sin omitir los sacrificios humanos ni su encarnizada resistencia a la conquista y hasta ofrece una traducción de su calendario, todo ello con una mirada tierna y paternal, como quien describe el extravío de unos buenos salvajes purificados, gracias al fuego, de su idolatría. El mismo fuego que ha hecho a fray Diego de Landa pasar a la historia, como lo define la wikipedia: «Fray Diego de Landa (1524-1579) fue un fraile y obispo franciscano que destruyó gran parte de los registros mayas, pero también escribió el libro más importante para estudiar su cultura» ¿Hay mayor paradoja, por no decir crueldad, que destruir los códices mayas y luego escribir el libro imprescindible para imaginarnos lo que contenían? Si lo piensas, ya llegó entrenado, porque es lo que literalmente hacía la inquisición en su España natal: quemar cuerpos para salvar almas.            

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